Sexo: una celebración de la dulce agonía

Autor: Amy Bellete | Visitas: 3,575 | Fecha: 05/06/2014 10:00:20 am

En medio de la ajetreada vida, ¿nos detenemos a pensar en el privilegio que es pertenecer al tipo de especie que se reproduce sexualmente en lugar de, digamos, hacer dobles de nosotros mismos como las amebas? El Philosopher’s Mail nos invita a imaginar lo vacía y triste que sería nuestra vida sin contacto físico, a la vez de la pérdida irremediable de la economía como la conocemos…

Leemos:

El sexo nos saca de casa y nos saca de nosotros mismos. En su nombre, medimos nuestros horizontes y nos entremezclamos sin reservas con miembros aleatorios de nuestra especie. Personas que de otro modo se guardarían en sí mismas, quienes creen tácitamente que no tendrían nada en común con el tipo de gente que ahora persiguen, entran en bares y clubs, suben nerviosamente escaleras de servicio, esperan en precintos desconocidos, gritan para hacerse oír por encima de la música y hablan cortesmente con madres en incómodas salas de estar adornadas con chucherías y fotos escolares, mientras que en el otro piso los objetos de su deseo toman una ducha y se ponen ropa interior nueva.

El sexo no es solamente la satisfacción de una urgencia física, sino una posibilidad de abrir nuestra conciencia para experimentar al otro –a los otros, al género humano mismo, más allá de nuestras apetencias o identificaciones sexuales. Sobre todo, como el viejo dicho socrático, el sexo nos permite conocernos a nosotros mismos: nuestras barreras y limitaciones, nuestros prejuicios y vulnerabilidades, pero también superarlos.

Sin contar, claro, el hecho de que rozar los pezones de una mujer o dar un beso largo sean poderosos disparadores de la oxitocina, la “hormona del amor” y sus maravillosos efectos sobre la salud.

Además, según el diario, “habría mucho menos que hacer si no existiera el sexo.”

Nadie se molestaría en abrir esas tiendas de joyería o restaurantes cool o exóticas habitaciones de hotel sobre lagunas tropicales. La mayor parte de la economía no tendría sentido sin el sexo como fuerza motriz o principio organizador.

A veces decimos que existe confusión entre amor y sexo, ¿pero qué pasaría si eleváramos el sexo a la calidad de una danza mística entre desconocidos, tomando consciencia por un momento de que no somos sino cuerpos? “El amor complica las cosas”, se dice. ¿Pero no es lo complicado justamente aquello que hace la vida interesante? El sexo: no la fantasía, no la educación, no el riesgo: sino la experiencia misma de estar vivos.

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